Nueva dirección
Hola!
Aquí os dejo una nueva dirección donde podeis encontrar textos mios. Se trata de un nuevo blog que he abierto: http://unronconcola.blogspot.com
ahí voy a seguir contando cosas en la línea de este blog. El cambio es debido a motivos estéticos y funcionales únicamente.
A parte podeis buscarme tambien en facebook, Myspace, Badoo y Netlog...Si no estámos en contacto será porque tú no quieres.
Y por si andais por Granada el día 22 de diciembre, estaré a las 21 30 tocando junto al cantautor argentino Mario Ojeda en La Tertulia (al lado de la plaza de Gran Capitan)
Ya sabeis, besos y abrazos...a repartir como querais.
Crisis
Pues resulta que sí, que estamos en crisis. Esa crisis que al principio se negaba taxativamente, esa misma que no podía ser porque España estaba en la Champion league de la economía. Y encima, de los brotes verdes ni rastro, oiga.
El número de parados va en aumento, los sindicatos fechando una huelga general, el gobierno, de izquierdas, proponiendo reformas laborales malas y a destiempo, la oposición metiendo el dedo en la llaga y no aportando ninguna solución. Y mientras tanto nosotros, los de abajo, jodidos y bien jodidos. Sin ninguna esperanza que se vislumbre en el horizonte, seguimos con la incertidumbre del qué pasará mañana. Negros pájaros de mal agüero revolotean sobre nuestras cabezas repitiendo incesantemente la misma cantinela de que todo va a ir peor y claro, así cualquiera mantiene viva la ilusión por un cambio que no creo que sea tan difícil.
Pero bueno, tratemos de ser optimistas. Hay crisis, si, pero tenemos a Belén Estaban, la princesa de San Blas. La que por su hija, Andreita cómete el pollo, Ma-ta. Una mujer que aparte de esgrimir a su hija como si de una espada se tratase, enarbola orgullosa la bandera de la incultura, la zafiedad y la vulgaridad. Hace poco escuché de su boca la frase “Dubroknic, la perla del Antártico”. Con dos cojones. Pero que no se nos olvide que fuimos nosotros los que le pusimos la alfombra roja para que llegara a donde ha llegado.
Estamos en crisis, sí, pero tenemos el mundial de fútbol. En el continente más pobre del mundo, con guerras que la comunidad internacional ignora deliberadamente, con hambre y miseria alrededor. Se han invertido millones, se han construido infraestructuras innecesarias que cuando acabe el torneo a ver de qué coño van a servir allí. La cuestión no es que ese país se lo pueda permitir, es que parece que Sudáfrica es como ese vecino que pasea su riqueza y su opulencia delante del resto de vecinos y que no me hagan comulgar con ruedas de molino, eso es moralmente despreciable.
Estamos en crisis, si, pero cada fin de semana los controles de la Guardia Civil se llenan de jóvenes que salieron de fiesta a evadirse de la rutina, a disfrutar, a reírse y la televisión nos los muestran hasta arriba de alcohol, de pastillas, de farlopa, haciendo chistes y bromas sin saber que ellos son los hijos de puta que te cruzas cuando tú, que no descansas los fines de semana, vas camino del trabajo y te adelantan jugándose la vida y tal.
Claro que estamos en crisis. Pero este país la sufre doblemente: Una es la crisis económica y otra es la crisis de valores. Tan jodida como la otra porque nos la hemos ganado a pulso y que destruye al país desde dentro y con la complicidad de todos nosotros. Lo peor de todo, es que tenemos la desvergüenza de mirarnos al espejo y no sentir asco de nosotros mismos por todo lo que hemos creado.
Dos o tres cosas que se de ella
Sólo se de ella que sus ojos presagian ruina. Que no me conviene en absoluto, me lo dicen los amigos cuando el alcohol nos afloja la lengua. Yo no les hago caso y como aquel marinero sin barco que se enamoró de una mujer llamada Tánger Soto, siento que ya es tarde. En realidad se hizo tarde desde la primera vez que la vi. Ahora, que deliberadamente busco clavarme el aguijón de su mirada azul, comprendo lo cerca que se encuentra el dolor del placer. Tan cerca que en ocasiones se confunden. Ella viaja constantemente y me da la sensación de que lo hace como quien huye de si misma y a la vez, sin saberlo, también huye de mí. Hay batallas perdidas de antemano y esta, es una de ella. Pero el caso es que yo también, quiero trazar rumbos y derrotas con los lunares de su espalda. Quiero acompañarla en cada viaje, conocer el secreto que oculta cuando calla, saber que misterio busca, quiero bregar con el temporal que ha de desatarse entre sus piernas.
Sólo se de ella que tiene cicatrices y cuentas pendientes. No busca ningún príncipe azul y hace tiempo que dejó de creer en los sueños. La he escuchado recitando de memoria pasajes de libros difíciles de leer, la he visto mirando con desprecio a esta ciudad de mierda que nos pone la zancadilla a cada paso, donde detrás de cada esquina siempre aguarda alguien dispuesto a pegarte la cuchillada por la espalda. Es valiente y pesimista. Vital y negativa, una contradicción en si misma.
Sólo se de ella que no amanece nunca a mi lado, que no soy yo el que vela su sueño. Que no son mis manos las que buscan muertas de hambre el contorno de su figura bajo las sábanas. Que no es mi foto la que envejece en su monedero, ni mi ropa la que corona los cajones de su armario, ni mi cepillo de dientes monta guardia en su cuarto de baño.
Sólo se de ella que besa y ríe y sueña con otro. Sólo sé que mientras escribo esto, probablemente le esté haciendo el amor a ese otro tipo y me imagino que cada gota de sudor que va perlando su cuerpo, son los clavos de mi jodida crucifixión. Y yo agonizante me desangro y me dejo morir recordando cada pliegue de su falda.
Y sólo se de ella dos o tres cosas, las suficientes para saber que no me conviene…o eso es lo que me dicen mis amigos.
Rupturas
Cuando todo a tu alrededor se derrumba, sólo queda tratar de ponerse a salvo. Más tarde o más temprano, siempre llega ese momento que supone una ruptura total con la forma que tenías de ver las cosas. Son maremotos personales que te sacuden hasta lo más profundo de tu ser. Entonces, te das cuenta de que no hay vuelta atrás, sabes que todo a partir de ese momento va a cambiar. A veces es una mujer que huye en un taxi que la espera en la esquina, otras familiares que se marchan cuando menos te lo esperas, otras son puñaladas envenenadas de quien creías tu amigo. El caso es que son momentos de ruptura, duros, jodidos y necesarios. Necesarios para saber de qué va la vida. Sería maravilloso que todo fuera como en las películas. Algo así como con unos violines tocando de fondo, fuego crepitando en una chimenea, dos copas de champán a medio beber en la mesita del salón y nuestros cuerpos desnudos buscándose casi con desesperación pero de manera muy aséptica, hermoso, sin la vulgaridad y la suciedad que le es innato al sexo. Luego, palabras de amor eternas, dónde has estado este tiempo, ahora somos uno, un dulce beso en los labios y fundido en negro. Pero no, las cosas no son así, o no son así siempre. Lo que es seguro es que al final, cuando en la chimenea el fuego se extinga, cuando se caliente la copa de champán y dejemos de tener sexo, hermoso o sucio, da igual, haremos inventario de culpas y nos prometeremos que no volveremos a caer en los mismos errores, aunque sepamos que estamos condenados a repetir ese error una y otra vez. Entonces llegaré el tiempo de echarnos más de menos cada vez. De buscarnos en otros cuerpos, en otras camas, en otros lugares. Será en ese momento cuando nos daremos cuenta de que esta ciudad ya no es la misma. Las grandes avenidas se convertirán en laberintos que siempre me conducirán a ella y la veré a cada paso. En el reflejo del escaparate de aquella tienda de decoración donde nunca pudimos permitirnos comprar. En la heladería de la Gran Vía, donde probé por primera vez el sabor de sus besos a tiramisú. Puede que la encuentre en la cola del cine al que nunca fuimos, en los olvidados callejones, en aquel mirador que era nuestra secreta atalaya, donde nos creíamos a salvo de todo y podíamos ver desde la altura, la estación de trenes y soñábamos con escapar de aquí. Me gustaría pensar que a ella le ocurre igual y que todas las canciones de amor que la radio vomita en sus repetitivas mañanas, cuando está en la oficina, le hablan de mí. Pero a veces, los reproches y las culpas tapan los buenos momentos y nos quedamos con todo lo malo. Las absurdas discusiones, las voces, las bayonetas del pasado que nos lanzábamos a bocajarro.
Esta noche, y sin que sirva de precedente, me quiero quedar con los buenos momentos vividos: con el recuerdo de las mujeres que ya nunca ocuparán su lado de mi cama o con esos amigos con los que nunca más me iré de copas. Me quedaré con esos buenos momentos pero no olvidaré los malos, porque si los olvidó de que iban a hablar mis canciones, mis cuentos, mis ojos…
El hombre que vendía poemas
Pudo ser en primavera, no lo recuerdo bien. Quizás fue una mañana de invierno con un sol espléndido, de esos que invitan a pasear y tomarse un vermut, no lo sé muy bien. Lo que si tengo claro es que fue en Córdoba. La plaza de la corredera bullía, las mesas de las terrazas de los bares estaban llenas, los hippies y los camellos estaban a lo suyo y yo me pedí una cerveza más. Me acompañaba un amigo mejicano y charlábamos sobre su tierra. Yo le confesé que andaba enamorado de la malinche y que Cortés y el resto de conquistadores merecían todos mis respetos, a pesar de todo. Él, que no es tonto, sabía por dónde iban los tiros. Con ese a pesar de todo él sabía a qué me estaba refiriendo. La cuestión es que estábamos enfrascados en un acalorado debate sobre la vida y la muerte, la gloría y los sueños, sobre Pizarro y Alonso de Ojeda, el caballero de la Virgen, cuando se acerco a nuestra mesa. Debía tener en torno a los cincuenta años, quizás más. No vestía mal del todo, pero en el conjunto había algo que no cuadraba y le daba un aspecto desaliñado. Tenía el pelo revuelto y traía una carpeta. Poemas. El hombre vendía poemas por lo que le dieras. Mi amigo mejicano es escritor y esas cosas, al igual que a mí, le tocan la fibra. El hombre que vendía poemas fue dejando una cuartilla en cada una de las mesas de la terraza y después de un tiempo que él estimo oportuno, volvió sobre sus pasos y recogió las monedas y los poemas que nadie quiso. Al llegar a nuestra mesa, recogió el billete de cinco euros y dijo gracias, inclinó un poco la cabeza a modo de despedida y se marchó. El poema no era gran cosa. Pero bueno, un poema es un poema y sus circunstancias.
En un instante me inventé su historia: Viviría en el casco antiguo, en La Judería, con una mujer que sería pintora y en este momento, al igual que él hacía con los poemas, ella vendería en su chiringuito junto a La Mezquita cuadros de puestas de sol sobre el puente de San Rafael y otros rincones típicos de la ciudad. Le di estudios, una carrera de letras con pocas salidas, algo así como filosofía y una vida repleta de mala suerte. Se lo conté a mi amigo mejicano y el añadió que ese hombre sería de familia acomodada pero que un día se rebeló y dijo que no al despacho que papa le tenía preparado en la empresa familiar y se fue a Madrid en los años de la movida. Tuvo mujeres que le amaron, otras le hirieron, perdió a algunos amigos por culpa del caballo y él, por suerte, supo dejarlo a tiempo. Publicó un librito de poemas para una pequeña editorial y, cuando conoció a su mujer, ella se lo trajo hasta Córdoba. El caso es que seguimos pegándole a la cruzcampo y lo vi alejarse con su carpeta llena de poemas. Supongo que ahora iría en busca de ella y, puestos a suponer, le dará lo recaudado para que lo administre. Me los imaginé a los dos, con su tierno desaliño, con su ropa gastada por el tiempo y sus cuadros y su carpeta de poemas bajo el brazo caminando por el Paseo de la Ribera, besándose con dulzura, diciendo eso de contigo pan y cebolla o seguro que vendrán mejores tiempos y cosas así. Por eso, aquel día brindé por el hombre que vendía poemas. Porque me conmovió la historia que le había inventado y me importa un carajo si su vida es como yo me la imaginé. Prefiero pensar así y no que con los cinco cochinos euros que le di compró tres cartones de vino tinto peleón para ponerse ciego en los soportales de la Plaza de la Corredera.
Banderas y pañuelos
Ella llevaba un pañuelo palestino al cuello y ondeaba una ikurriña. Él vestía pantalones vaqueros con tres vueltas en los bajos y tirantes con los colores de la bandera de España. Ella fue educada en una Ikastola y se sabía de carrerilla las obras completas de Sabino Arana. Para él su patria era España, única e indivisible. La patria que ella amaba hablaba euskera. Mientras ella gastaba sus días en una herriko taberna, él iba al Bernabéu con los Ultras sur. Ella bebía kalimotxo, él cerveza y los dos tenían ficha policial. Ella creía ciegamente la falsa historia de un pueblo oprimido. No la discutía, no se paraba a leer ni a pensar por sí misma y nunca se planteó si aquello que le contaban podía tener alguna laguna. Ella admiraba a unos delincuentes a los que catalogaba como gudaris de una noble causa, cuando en verdad, no hay nada más despreciable y nada de admirable en el tiro en la nuca. Él tenía en su habitación banderas preconstitucionales, banderas que mientras ondearon en la historia quedaron para siempre manchadas de sangre. Él odiaba todo lo que oliera a izquierda y la palabra comunismo le provocaba sarpullidos mentales. Paracuellos del Jarama o las purgas Stalinistas no hacían más que refrendar su idea de que la izquierda fue una asesina. Y, evidentemente, tiene su parte de razón. Pero sólo una pequeña parte.
Pero es que este país es así. Aquí somos viscerales y vamos a muerte con nuestras ideas. Que nadie intente cambiarnos la forma de ver las cosas. No hace falta llegar a los extremos del Abertxale y el radical de derechas. Si somos socialistas, jamás votaremos a la derecha, aunque en nuestro fuero interno pensemos que tal vez, no lo harían tan mal. En este país de fútbol, toros y política chanchullera todo va cogido de la mano. Si yo soy del Madrid, del PP y de Enrique Ponce, nunca reconoceré las virtudes del Barcelona, del PSOE ni de José Tomás. El español típico es así. A muerte con sus ideas. Así que no nos llevemos las manos a la cabeza por que existan radicales de izquierdas ni de derechas. Aquí se lleva mucho el vosotros y el nosotros. Pero en definitiva es lo mismo. Los extremos se tocan, sobre todo en política, y no son más que la misma mierda con distinto color. Así le va a este país.
Las putas de los pobres
En pleno siglo XXI, en medio de esta Sodoma y Gomorra que es Granada, parece ser que se ha alzado un nuevo vigía de occidente, un último bastión contra la indecencia y inmoralidad, Don José Torres Hurtado, PP Torres para los amigos. Quitemos a las putas de nuestras calles, pensó un día el ínclito regidor de esta ciudad. Es una aberración que tengan que vender su cuerpo y aguantar a sus chulos. No es humano, ni cristiano, hagamos algo por ellas. Entonces el corifeo del señor alcalde, sus palmeros y su pléyade de lameculos, dijeron eso de muy buena idea PP Torres, si es que eres la repolla y por eso los sociatas no te ganarán nunca. El alcalde, crecido por saberse jugando en casa y con el estadio a favor, proclamo con voz solemne y consciente de que estaba haciendo lo correcto: La mejor forma de ayudarlas no es dándoles salidas o incrementando los servicios sociales. La mejor forma de ayudarlas no es dejar de darles tratamiento de ciudadanas de segunda. Lo mejor es que prohibamos lo que están haciendo. Que dejen la calle por imperativo legal. Y si lo hacen porque no tienen dinero y es su único recurso, las multamos. De paso multamos también a esos díscolos puteros y nos sacamos unos buenos dineros, que ahora viene la navidad y todos querréis cestas y cenas y esas cosas. Emocionado, el salón de plenos del ayuntamiento estalló en una sonora ovación. Se oyeron gritos de ¡alcalde, eres el mejor! Y ¡olé los huevos de PP Torres! Y se fueron todos, el alcalde, concejales, escoltas y administrativos, a celebrarlo a un restaurante de la calle Navas . Lo triste de esta historia, que no creo que se aleje mucho de la realidad. Es que lo que les jode a los del ayuntamiento, es que las putas estén en la calle, que afeen la ciudad con sus cosas. Si en Granada, la prostitución hubiera estado concentrada en otra zona como un polígono industrial o cualquier zona alejada, posiblemente esa ordenanza no hubiera existido. Pero lo que sucede es que ese problema es real. Hay chicas que lo pasan mal y que quisieran dejarlo, pero no encuentran otra salida y en vez de ayudarlas, las jodemos aún más. Entérese PP Torres, putas ha habido siempre y en el mismo centro de la ciudad o ya no se acuerda, y en plena dictadura nacional-católica, de la calle San Juan de los Reyes, de la Calle Jazmín o de las tapias de Renfe a donde iban los reclutas necesitados de afecto y con poco dinero. El problema es ese, PP Torres, que usted y su ordenanza quiere acabar con la prostitución, pero para ser exactos con la prostitución de los pobres, porque eso es lo que son ellas, las putas de los pobres, del que no llega a final de mes y no puede acudir a esos locales que flotan en el limbo jurídico de la legalidad. No discuto el hecho de que ir de putas esté bien o mal, yo no soy nadie para juzgar la moralidad de cada uno. Pero lo que sí puedo juzgar es que a usted le falten cojones para meterle mano a los grandes puticlubs donde corre el dinero y la farlopa, que tienen reservados muy discretitos donde uno puede ir en coche oficial y como están en las afueras, la gente de bien no ve y no se entera de nada. Pero tenga presente que por mucho que usted se empeñe, en la calle siempre va a haber putas como por supuesto siempre habrá despachos que den cobijo a vividores y sanguijuelas que se creen los dueños del cortijo.
Artículos en el El Diario de Almeria
Aquí os dejo un par de artículos mios que han sido publicados en El Diario de Almería:
http://www.elalmeria.es/article/opinion/559423/poderosos/y/crueles.html
http://www.elalmeria.es/article/opinion/548358/corrupciones/y/aparcamientos.html
Si quereis podeis dejar comentarios, que siempre se agradece.
Nocturnidad
Desnuda, cruza despacio y de puntillas la casa. Oigo sus pisadas sordas retumbando en el parquet. Entra en la cocina, abre el frigorífico y se pone un poco de agua. Ha quedado flotando en el ambiente su olor, un olor a paz, a deseo. Supongo que la felicidad tiene que oler así. Desde la cama puedo ver su sombra en el pasillo. Hay poca luz, pero la suficiente como para poder intuir su perfil contra la pared. Sus pechos, pequeños y perfectos, altivos e irreverentes me hipnotizan y pienso mientras miro su sombra que aquí me gustaría ver a Newton para que me explicara cómo es posible que desafíen de esa forma tan descarada la fuerza de la gravedad
Yo mientras, me enciendo un cigarro. La boca aún me sabe a ella. Su sexo es ambrosía, cálido maná terrenal. Como una Magdalena pudorosa y recatada, me dio de beber por sediento y de comer por hambriento. Sigo sudando y mi respiración comienza a normalizarse. Las sábanas están revueltas. Dan buena cuenta de esta guerra sin cuartel, ni trincheras, porque ella es una despiadada guerrera del arcoíris y a mí me gusta dejarme vencer.
Entra en el servicio. Estoy seguro que ahora, se mirará en el espejo y se recogerá el pelo. De vuelta al dormitorio, el gato se enreda entre sus piernas. Ella lo acaricia. Desde el umbral de la puerta, me mira y sus ojos negros, como dos sicarios de las sombras, se clavan en mi alma como queriéndome traspasar. Mira en mi interior, como solamente puede mirar una mujer, y a pesar de ver todas mis flaquezas, mis errores pasados, mis miserias, se tumba a mi lado y me abraza. Me besa en el pecho y se aprieta contra mí, como queriendo encajarse. El sueño la vence y noto como se va quedando dormida.
Yo tengo la vista clavada en el techo y su calidez me abriga y así, velando su sueño, viéndola tan frágil y pequeña, pienso que ya podría reventar el mundo. Que me dan igual la gripe porcina, los incendios, las inundaciones, las guerras, Madrid 2016, la izquierda y la derecha, la crisis, el paro, el IPC o la madre que lo parió. Nada va a cambiar cuando amanezca. Ahí fuera seguirán silbando las bombas y los despertadores y habrá que sobrevivir. Pero en mi cama duerme abrazada a mí una mujer que ha depositado su sueño en mis brazos. Así que, si en este preciso momento nos fuéramos todos a tomar por culo, juro por mi Dios de ateo que no me iba a importar un carajo.
Momentos de placer
Bob Dylan nos miraba desde la pared. En la mesita, cerca del sofá, descansaban Dostoievski, Rimbaud y Baudelaire. Mientras dábamos cuenta de dos cervezas alemanas, la conversación fluía. Es lo que tiene estar con un amigo, que los temas van saliendo solos. Así pasamos de la poesía a las drogas, de la prosa a la vida de los amigos comunes y del cine a las mujeres. Él es maestro. Trabaja en un pueblo de la sierra de Jaén y me recuerda bastante al maestro de la canción de Patxi Andione. Es flaco, tiene ojeras, fuma tabaco de liar y es rojo.
Es en noches como esa cuando realmente uno comprende el valor de la amistad. Salir de copas, quedar los viernes por la tarde o ir a jugar a la peña de fútbol son cosas que no necesariamente se hacen con amigos. Pero que a uno lo inviten a una casa ajena, le sirvan la mejor cerveza del mundo y le hablen de Berlanga, de Lars Von Trier, de Saramago, del Altar de Pérgamo y que de fondo suene Coltraine, eso, sólo puede hacerse con un amigo.
Y así pasábamos la noche. Buceando por el Jardín de las Delicias de El Bosco, aterrándonos con su infierno, mirando viejas fotos de Alcalá-Zamora, Azaña, Indalecio Prieto y Lerroux. Leímos la portada de un periódico con fecha del catorce de abril del 31. Soñamos con Bertolucci que vivíamos el mayo del 68 acorralados en una habitación. Blasfemamos contra el capital y nos recetamos a Blas de Otero como vacuna contra la estupidez. Atravesamos juntos las Puertas de Ishtar. Recorrimos mentalmente Florencia, Roma y Venecia. De Milán sólo evocamos el Duomo. Estuvimos en Lisboa, en el barrio alto, y nos fumamos un cigarro de liar junto a la puerta de Brandemburgo. Para otro día dejamos París y Praga. Cuando ya no quedaban más cervezas en el frigorífico, pasamos a la absenta y brindamos por Egea, por Pablo del Águila, por Alejandro Sawa, por todos los malditos, por la bohemia negra. La absenta nos abrasaba la garganta y Miguel Hernández y Federico fusilaban falangistas con un verso.
Pocos momentos hay mejores que esos. Momentos en los que te sientes en compañía de un amigo de verdad, de los que sabes que le puedes dar la espalda tranquilamente porque tienes la certeza de que no te va a apuñalar. Es cierto que lo veo poco. Una vez al año y poco más. Pero llevamos así desde que íbamos juntos al colegio. Además, dicen que los placeres son placeres por eso, porque son breves. Si los placeres fueran cotidianos, rutinarios, perderían la esencia y, para mí, no existe mayor placer que poderme sentir su amigo una vez al año.




