El hombre que vendía poemas
Pudo ser en primavera, no lo recuerdo bien. Quizás fue una mañana de invierno con un sol espléndido, de esos que invitan a pasear y tomarse un vermut, no lo sé muy bien. Lo que si tengo claro es que fue en Córdoba. La plaza de la corredera bullía, las mesas de las terrazas de los bares estaban llenas, los hippies y los camellos estaban a lo suyo y yo me pedí una cerveza más. Me acompañaba un amigo mejicano y charlábamos sobre su tierra. Yo le confesé que andaba enamorado de la malinche y que Cortés y el resto de conquistadores merecían todos mis respetos, a pesar de todo. Él, que no es tonto, sabía por dónde iban los tiros. Con ese a pesar de todo él sabía a qué me estaba refiriendo. La cuestión es que estábamos enfrascados en un acalorado debate sobre la vida y la muerte, la gloría y los sueños, sobre Pizarro y Alonso de Ojeda, el caballero de la Virgen, cuando se acerco a nuestra mesa. Debía tener en torno a los cincuenta años, quizás más. No vestía mal del todo, pero en el conjunto había algo que no cuadraba y le daba un aspecto desaliñado. Tenía el pelo revuelto y traía una carpeta. Poemas. El hombre vendía poemas por lo que le dieras. Mi amigo mejicano es escritor y esas cosas, al igual que a mí, le tocan la fibra. El hombre que vendía poemas fue dejando una cuartilla en cada una de las mesas de la terraza y después de un tiempo que él estimo oportuno, volvió sobre sus pasos y recogió las monedas y los poemas que nadie quiso. Al llegar a nuestra mesa, recogió el billete de cinco euros y dijo gracias, inclinó un poco la cabeza a modo de despedida y se marchó. El poema no era gran cosa. Pero bueno, un poema es un poema y sus circunstancias.
En un instante me inventé su historia: Viviría en el casco antiguo, en La Judería, con una mujer que sería pintora y en este momento, al igual que él hacía con los poemas, ella vendería en su chiringuito junto a La Mezquita cuadros de puestas de sol sobre el puente de San Rafael y otros rincones típicos de la ciudad. Le di estudios, una carrera de letras con pocas salidas, algo así como filosofía y una vida repleta de mala suerte. Se lo conté a mi amigo mejicano y el añadió que ese hombre sería de familia acomodada pero que un día se rebeló y dijo que no al despacho que papa le tenía preparado en la empresa familiar y se fue a Madrid en los años de la movida. Tuvo mujeres que le amaron, otras le hirieron, perdió a algunos amigos por culpa del caballo y él, por suerte, supo dejarlo a tiempo. Publicó un librito de poemas para una pequeña editorial y, cuando conoció a su mujer, ella se lo trajo hasta Córdoba. El caso es que seguimos pegándole a la cruzcampo y lo vi alejarse con su carpeta llena de poemas. Supongo que ahora iría en busca de ella y, puestos a suponer, le dará lo recaudado para que lo administre. Me los imaginé a los dos, con su tierno desaliño, con su ropa gastada por el tiempo y sus cuadros y su carpeta de poemas bajo el brazo caminando por el Paseo de la Ribera, besándose con dulzura, diciendo eso de contigo pan y cebolla o seguro que vendrán mejores tiempos y cosas así. Por eso, aquel día brindé por el hombre que vendía poemas. Porque me conmovió la historia que le había inventado y me importa un carajo si su vida es como yo me la imaginé. Prefiero pensar así y no que con los cinco cochinos euros que le di compró tres cartones de vino tinto peleón para ponerse ciego en los soportales de la Plaza de la Corredera.
Banderas y pañuelos
Ella llevaba un pañuelo palestino al cuello y ondeaba una ikurriña. Él vestía pantalones vaqueros con tres vueltas en los bajos y tirantes con los colores de la bandera de España. Ella fue educada en una Ikastola y se sabía de carrerilla las obras completas de Sabino Arana. Para él su patria era España, única e indivisible. La patria que ella amaba hablaba euskera. Mientras ella gastaba sus días en una herriko taberna, él iba al Bernabéu con los Ultras sur. Ella bebía kalimotxo, él cerveza y los dos tenían ficha policial. Ella creía ciegamente la falsa historia de un pueblo oprimido. No la discutía, no se paraba a leer ni a pensar por sí misma y nunca se planteó si aquello que le contaban podía tener alguna laguna. Ella admiraba a unos delincuentes a los que catalogaba como gudaris de una noble causa, cuando en verdad, no hay nada más despreciable y nada de admirable en el tiro en la nuca. Él tenía en su habitación banderas preconstitucionales, banderas que mientras ondearon en la historia quedaron para siempre manchadas de sangre. Él odiaba todo lo que oliera a izquierda y la palabra comunismo le provocaba sarpullidos mentales. Paracuellos del Jarama o las purgas Stalinistas no hacían más que refrendar su idea de que la izquierda fue una asesina. Y, evidentemente, tiene su parte de razón. Pero sólo una pequeña parte.
Pero es que este país es así. Aquí somos viscerales y vamos a muerte con nuestras ideas. Que nadie intente cambiarnos la forma de ver las cosas. No hace falta llegar a los extremos del Abertxale y el radical de derechas. Si somos socialistas, jamás votaremos a la derecha, aunque en nuestro fuero interno pensemos que tal vez, no lo harían tan mal. En este país de fútbol, toros y política chanchullera todo va cogido de la mano. Si yo soy del Madrid, del PP y de Enrique Ponce, nunca reconoceré las virtudes del Barcelona, del PSOE ni de José Tomás. El español típico es así. A muerte con sus ideas. Así que no nos llevemos las manos a la cabeza por que existan radicales de izquierdas ni de derechas. Aquí se lleva mucho el vosotros y el nosotros. Pero en definitiva es lo mismo. Los extremos se tocan, sobre todo en política, y no son más que la misma mierda con distinto color. Así le va a este país.
Las putas de los pobres
En pleno siglo XXI, en medio de esta Sodoma y Gomorra que es Granada, parece ser que se ha alzado un nuevo vigía de occidente, un último bastión contra la indecencia y inmoralidad, Don José Torres Hurtado, PP Torres para los amigos. Quitemos a las putas de nuestras calles, pensó un día el ínclito regidor de esta ciudad. Es una aberración que tengan que vender su cuerpo y aguantar a sus chulos. No es humano, ni cristiano, hagamos algo por ellas. Entonces el corifeo del señor alcalde, sus palmeros y su pléyade de lameculos, dijeron eso de muy buena idea PP Torres, si es que eres la repolla y por eso los sociatas no te ganarán nunca. El alcalde, crecido por saberse jugando en casa y con el estadio a favor, proclamo con voz solemne y consciente de que estaba haciendo lo correcto: La mejor forma de ayudarlas no es dándoles salidas o incrementando los servicios sociales. La mejor forma de ayudarlas no es dejar de darles tratamiento de ciudadanas de segunda. Lo mejor es que prohibamos lo que están haciendo. Que dejen la calle por imperativo legal. Y si lo hacen porque no tienen dinero y es su único recurso, las multamos. De paso multamos también a esos díscolos puteros y nos sacamos unos buenos dineros, que ahora viene la navidad y todos querréis cestas y cenas y esas cosas. Emocionado, el salón de plenos del ayuntamiento estalló en una sonora ovación. Se oyeron gritos de ¡alcalde, eres el mejor! Y ¡olé los huevos de PP Torres! Y se fueron todos, el alcalde, concejales, escoltas y administrativos, a celebrarlo a un restaurante de la calle Navas . Lo triste de esta historia, que no creo que se aleje mucho de la realidad. Es que lo que les jode a los del ayuntamiento, es que las putas estén en la calle, que afeen la ciudad con sus cosas. Si en Granada, la prostitución hubiera estado concentrada en otra zona como un polígono industrial o cualquier zona alejada, posiblemente esa ordenanza no hubiera existido. Pero lo que sucede es que ese problema es real. Hay chicas que lo pasan mal y que quisieran dejarlo, pero no encuentran otra salida y en vez de ayudarlas, las jodemos aún más. Entérese PP Torres, putas ha habido siempre y en el mismo centro de la ciudad o ya no se acuerda, y en plena dictadura nacional-católica, de la calle San Juan de los Reyes, de la Calle Jazmín o de las tapias de Renfe a donde iban los reclutas necesitados de afecto y con poco dinero. El problema es ese, PP Torres, que usted y su ordenanza quiere acabar con la prostitución, pero para ser exactos con la prostitución de los pobres, porque eso es lo que son ellas, las putas de los pobres, del que no llega a final de mes y no puede acudir a esos locales que flotan en el limbo jurídico de la legalidad. No discuto el hecho de que ir de putas esté bien o mal, yo no soy nadie para juzgar la moralidad de cada uno. Pero lo que sí puedo juzgar es que a usted le falten cojones para meterle mano a los grandes puticlubs donde corre el dinero y la farlopa, que tienen reservados muy discretitos donde uno puede ir en coche oficial y como están en las afueras, la gente de bien no ve y no se entera de nada. Pero tenga presente que por mucho que usted se empeñe, en la calle siempre va a haber putas como por supuesto siempre habrá despachos que den cobijo a vividores y sanguijuelas que se creen los dueños del cortijo.
Artículos en el El Diario de Almeria
Aquí os dejo un par de artículos mios que han sido publicados en El Diario de Almería:
http://www.elalmeria.es/article/opinion/559423/poderosos/y/crueles.html
http://www.elalmeria.es/article/opinion/548358/corrupciones/y/aparcamientos.html
Si quereis podeis dejar comentarios, que siempre se agradece.
Nocturnidad
Desnuda, cruza despacio y de puntillas la casa. Oigo sus pisadas sordas retumbando en el parquet. Entra en la cocina, abre el frigorífico y se pone un poco de agua. Ha quedado flotando en el ambiente su olor, un olor a paz, a deseo. Supongo que la felicidad tiene que oler así. Desde la cama puedo ver su sombra en el pasillo. Hay poca luz, pero la suficiente como para poder intuir su perfil contra la pared. Sus pechos, pequeños y perfectos, altivos e irreverentes me hipnotizan y pienso mientras miro su sombra que aquí me gustaría ver a Newton para que me explicara cómo es posible que desafíen de esa forma tan descarada la fuerza de la gravedad
Yo mientras, me enciendo un cigarro. La boca aún me sabe a ella. Su sexo es ambrosía, cálido maná terrenal. Como una Magdalena pudorosa y recatada, me dio de beber por sediento y de comer por hambriento. Sigo sudando y mi respiración comienza a normalizarse. Las sábanas están revueltas. Dan buena cuenta de esta guerra sin cuartel, ni trincheras, porque ella es una despiadada guerrera del arcoíris y a mí me gusta dejarme vencer.
Entra en el servicio. Estoy seguro que ahora, se mirará en el espejo y se recogerá el pelo. De vuelta al dormitorio, el gato se enreda entre sus piernas. Ella lo acaricia. Desde el umbral de la puerta, me mira y sus ojos negros, como dos sicarios de las sombras, se clavan en mi alma como queriéndome traspasar. Mira en mi interior, como solamente puede mirar una mujer, y a pesar de ver todas mis flaquezas, mis errores pasados, mis miserias, se tumba a mi lado y me abraza. Me besa en el pecho y se aprieta contra mí, como queriendo encajarse. El sueño la vence y noto como se va quedando dormida.
Yo tengo la vista clavada en el techo y su calidez me abriga y así, velando su sueño, viéndola tan frágil y pequeña, pienso que ya podría reventar el mundo. Que me dan igual la gripe porcina, los incendios, las inundaciones, las guerras, Madrid 2016, la izquierda y la derecha, la crisis, el paro, el IPC o la madre que lo parió. Nada va a cambiar cuando amanezca. Ahí fuera seguirán silbando las bombas y los despertadores y habrá que sobrevivir. Pero en mi cama duerme abrazada a mí una mujer que ha depositado su sueño en mis brazos. Así que, si en este preciso momento nos fuéramos todos a tomar por culo, juro por mi Dios de ateo que no me iba a importar un carajo.
Momentos de placer
Bob Dylan nos miraba desde la pared. En la mesita, cerca del sofá, descansaban Dostoievski, Rimbaud y Baudelaire. Mientras dábamos cuenta de dos cervezas alemanas, la conversación fluía. Es lo que tiene estar con un amigo, que los temas van saliendo solos. Así pasamos de la poesía a las drogas, de la prosa a la vida de los amigos comunes y del cine a las mujeres. Él es maestro. Trabaja en un pueblo de la sierra de Jaén y me recuerda bastante al maestro de la canción de Patxi Andione. Es flaco, tiene ojeras, fuma tabaco de liar y es rojo.
Es en noches como esa cuando realmente uno comprende el valor de la amistad. Salir de copas, quedar los viernes por la tarde o ir a jugar a la peña de fútbol son cosas que no necesariamente se hacen con amigos. Pero que a uno lo inviten a una casa ajena, le sirvan la mejor cerveza del mundo y le hablen de Berlanga, de Lars Von Trier, de Saramago, del Altar de Pérgamo y que de fondo suene Coltraine, eso, sólo puede hacerse con un amigo.
Y así pasábamos la noche. Buceando por el Jardín de las Delicias de El Bosco, aterrándonos con su infierno, mirando viejas fotos de Alcalá-Zamora, Azaña, Indalecio Prieto y Lerroux. Leímos la portada de un periódico con fecha del catorce de abril del 31. Soñamos con Bertolucci que vivíamos el mayo del 68 acorralados en una habitación. Blasfemamos contra el capital y nos recetamos a Blas de Otero como vacuna contra la estupidez. Atravesamos juntos las Puertas de Ishtar. Recorrimos mentalmente Florencia, Roma y Venecia. De Milán sólo evocamos el Duomo. Estuvimos en Lisboa, en el barrio alto, y nos fumamos un cigarro de liar junto a la puerta de Brandemburgo. Para otro día dejamos París y Praga. Cuando ya no quedaban más cervezas en el frigorífico, pasamos a la absenta y brindamos por Egea, por Pablo del Águila, por Alejandro Sawa, por todos los malditos, por la bohemia negra. La absenta nos abrasaba la garganta y Miguel Hernández y Federico fusilaban falangistas con un verso.
Pocos momentos hay mejores que esos. Momentos en los que te sientes en compañía de un amigo de verdad, de los que sabes que le puedes dar la espalda tranquilamente porque tienes la certeza de que no te va a apuñalar. Es cierto que lo veo poco. Una vez al año y poco más. Pero llevamos así desde que íbamos juntos al colegio. Además, dicen que los placeres son placeres por eso, porque son breves. Si los placeres fueran cotidianos, rutinarios, perderían la esencia y, para mí, no existe mayor placer que poderme sentir su amigo una vez al año.
Un hombre discreto
Para mi él siempre será Jaume Canivell, industrial catalán propietario de la patente de los porteros electrónicos. Hace poco lo volví a ver y vestía un gabán verde, unas botas de caza, una escopeta al hombro y una boina bajo la que se adivinaba un peluquín que no engañaba a nadie. Iba con su secretaria a una cacería en la casa de campo del Marqués de Leguineche. Las cacerías son un buen sitio para hacer nuevas amistades y cerrar sustanciosos negocios pero luego me enteré de que en esta, pocos negocios iba a cerrar. Además, al pobre hombre, como suele ser normal en él, le pasó de todo. Tuvo que parlamentar en el secuestro de una actriz, fue testigo de cómo le rompieron al marqués su colección de pelos de coño, destituyeron al ministro que iba a ayudarle con los porteros…
Pero también será por siempre Artemio Bermejo, de Sanitarios Bermejo. Lo vi en la puerta de una cárcel. Su mujer adoptó a un niño Bosnio y le mandaron en lugar del niño, un señor con sesenta años. Bosnio, eso si. Creo que iba a la cárcel por algo relacionado con una cena de presos políticos de la dictadura. Allí lo encerraron en una celda para pasar una noche solidaria con los presos y lo meten con un cura, un actor sarasa y un banquero. El actor no lo deja dormir porque no para de masturbarse compulsivamente, el cura se muere, el banquero iba a lo suyo y al pobre de Bermejo, de Sanitarios Bermejo, le pasa también de todo.
En otra ocasión fue el cabo Gutiérrez de la guardia civil y tuvo que detener a un argentino por haber llevado durante todo el invierno un sombrero espantoso que a nadie del pueblo le gustaba, pero sobre todo, lo detuvo por plagiar una novela de Faulkner, Luz de Agosto. Gravísimo delito. En esta ocasión vivía en un pueblo bastante peculiar, donde brotaban hombres en los huertos, se elegía en referéndum a las adulteras del pueblo, al tonto, a la puta y al alcalde y en la taberna había un piano y una señora que cantaba árias.
Pero él ha sido muchas cosas más. Ha sido Tesifonte Ovejero, fumador empedernido, solitario con poca mano con las mujeres. El General Huete, mando directo del Sargento Arensivia. Recepcionista del Hotel Danubio, ese hotel de la Costa de la Muerte y al que le gustaba darle emoción a las historias que contaba. Ha sido Alberto Sinsoles, falangista que buscaba un doble de Franco.
Ha sido mucha gente y es uno de los mejores cómicos que ha dado este país. Tendrá que llegar el momento en que haga mutis por el foro y se baje su telón para siempre para que se reconozca justamente su figura. La figura de un hombre dedicado al cine y al teatro. Como tantos otros que al igual que él, son la historia cinematográfica de España. Como Manuel Alexandre, Alfredo Landa, López Vázquez. O como esos otros que ya no están como Luís Cíges, Agustín González o el entrañable Luís Escobar.
Por eso me niego a esperar a que llegue ese momento en el que el cine español se quede huérfano de uno de los mejores y lo hago ahora, porque se lo merece, porque luego vendrán las reposiciones y los premios a toro pasado y los parabienes y los ministros de cultura le darán medallas de las bellas artes cuando ya no esté y todo eso que tanto se estila aquí.
Así que brindaré por él. Por todas las risas que me ha dado, por conmoverme, por retratar tan bien como lo hizo una época, por su sabia discreción. Pero sobretodo porque creo que es de justicia hacerle un pequeño homenaje, larga vida al maestro. Larga vida a José Sazatornil, “Saza”.
Por si acaso, azul
-Siempre me han gustado las luces de neón. Para mí son sinónimo de vicio pero también, me despiertan un sentimiento bastante parecido a la pena o a la compasión.
Ella miraba sus ojeras marcadas y vio que tenía la vista perdida. Hablaba para él y ella era solamente un testigo.
-No me hables de vicios, que no me queda coca. Me apetece meterme una raya contigo.
Carlos rebuscó en el bolsillo del pantalón y sin mirarla, le entregó lo que le quedaba esa noche.
-No sé si habrá para los dos. Pero siempre es mejor que nada.
Ella sacó un billete del monedero y cogió los papeles del coche de la guantera. Mientras iba deshaciendo la cocaína, Carlos miraba a través de la ventana del coche.
-Me encanta como se ve la ciudad desde aquí. Puedes ver las grandes avenidas y la autopista, desde la distancia y sin ruido, como si en realidad esta ciudad fuera ajena a ti. Me gustan los colores de los carteles-Le dio una calada al cigarro y se volvió para mirarla. Con la precisión de un cirujano, ella trataba de igualar las dos rayas y el brillo de la ciudad se le metía de lleno en los ojos-Si tuvieras que decir que tu vida es un color, ¿cual dirías que es?
Ella le tendió la carpeta de la documentación con las dos rayas paralelas de coca encima y el billete enrollado. Primero esnifó él, luego ella. Se preparó un cigarro con algo de coca por encima y se giró en el asiento del coche para quedar frente a él.
-¿Un color? No sé, nunca me había parado a pensar algo así. Supongo que no sería un color ni muy alegre ni muy triste. No creo que fuera un color oscuro. Ni te diré el rosa, porque entonces pensarías que soy optimista y cursi. Además nunca me gustó esa canción de Edith Piaff., ¿Cuál sería el tuyo?
-Yo creo que mi vida sería toda una gama de grises. Y no me da reparo en decírtelo. Será porque ya estoy empezando a notar el amargor de la coca en la garganta.
-Es muy triste pensar que tu vida es de color gris. ¿Nunca has tenido motivos para darle color?
-Si, pero entonces era joven y una mujer me esperaba en la cama, alguien se hacía cargo de la siguiente ronda y los camellos me fiaban.
-No deberías sincerarte de esa forma conmigo. Nos acabamos de conocer y, a lo mejor, tu vida me importa una mierda.
-La verdad es que me da absolutamente igual lo que pienses. Sólo estamos aquí para ver si logro convencerte y echamos un polvo.
-¿Por haberme invitado a una raya te crees que voy a follar contigo?
-La verdad es que me parece un buen argumento, la coca era buena y además, volviendo a lo del color de tu vida, de esa respuesta depende que te quite las bragas esta noche. Porque si dices negro, para negativo me basto yo y no me apetece pasarme la noche pensando que estoy con una chalada con tendencias suicidas.
-¿Y si digo blanco?
-Pues tampoco me apetece estar con una persona que ve la vida como una balsa de aceite. Y cómo se que tienes las mismas ganas de follar que yo, en función de tu respuesta, prepararé mi chantaje moral.
-Entonces, por si acaso, azul.
Cine, palomitas y coletas
Debería cogerla de la mano, pensó mientras miraban la cartelera del cine. Pero le sudaban las manos. Disimuladamente, se las guardó en los bolsillos traseros del pantalón vaquero. Ella tenía un aire entre tímido y distraído mientras rebuscaba en su pequeño bolso el dinero para las entradas. Lo bueno de tener catorce años es justo lo que no te gusta cuando los tienes: la inocencia. Es curioso como en tiempos de Emule e Internet, la nueva chavalería sigue acudiendo a la primera sesión del cine cuando tienen su primera cita. Y si no es así, quiero decir, si los chavales de trece o catorce años ya no van al cine a las cinco de la tarde y en realidad se van a un descampado a fumar canutos, deberían ir. Yo no tengo nada en contra de fumar canutos en un descampado, pero a ciertas edades corresponden ciertos hechos.
Yo guardo un estupendo recuerdo de aquellas tardes de cine, vestido como un señor para impresionar a la chica de la pandilla que me traía de cabeza. Y recuerdo que una vez hasta me senté a su lado y teníamos palomitas y cocacola y no se de que iba la película pero se que me cogió la mano y sentí un pellizco en el estómago. En otra ocasión ya habíamos pactado que nos daríamos un beso en tal escena de la película. Yo, volcán de hormonas en constante erupción, deseaba como un loco que llegara esa escena para poder descubrir el electrizante roce de sus labios, porque creo recordar, que era la que tenía los labios más bonitos de todo 3º C. Cuando llegó el momento, giramos al unísono las caras y en menos de lo que dura un parpadeo, nos habíamos besado. Estuvimos sin mirarnos a la cara toda la semana. Por supuesto ya éramos novios.
No hace mucho la he vuelto a ver. Casada y con un niño, trabaja de funcionaria y ya no lleva esa coleta que a mi me traía por la calle de la amargura, me parece que se le han borrado algunas pecas y para colmo, se ha convertido en una perfecta gilipollas. Mi cochazo, mi casa en las afueras, mi marido arquitecto…
Por eso cuando paso por la puerta de cualquier cine y veo a los chavales que salen por vez primera juntos, me enternecen de tal manera que se me cae la baba, hasta tal punto que el osito de mimosín parece una hiena a mi lado.
Me gusta seguirlos con la mirada, ver cómo ellas eligen la película, que ahí es donde empiezan a darse cuenta de la fascinación que ejercen y del poder que tienen sobre los hombres, aunque tengan catorce años. Me gusta ver como ellos hacen por pagar las dos entradas, porque tendrán catorce años, pero son unos caballeros. En definitiva me gusta ver como se van abriendo a la vida de verdad. Porque llegará el momento en que ellas no lleven una coleta, sino que irán todas las semanas a la peluquería. También se les borrarán las pecas y tendrán maridos arquitectos. Y se habrán acabado las palomitas y las primeras sesiones. A ellos dejarán de sudarles las manos por los nervios. Pagarán todo a medias y cambiarán el cine por el baboseo de una discoteca. Y si alguna vez echan la vista atrás, se preguntarán qué pasó con aquella niña morena, con un pañuelo blanco en la cabeza, con los labios más bonitos de todo 3º C, que en una fiesta en primavera, con la excusa de ir al cine, ella, les robó la niñez.
Dos asientos juntos
Sucede que, a veces, entre los escombros surge la esperanza. Momentos en los que por una extraña conjunción planetaria uno se reconcilia con la condición humana. Y, en este caso, ellos son los culpables.
Ella tiene 60 años y la vida la ha puteado un pelín. Empezó a currar con 9 años por lo que no pudo ir a la escuela. Tuvo un marido que le dio cinco hijos y que apenas nació el pequeño, se marchó. Pero antes de marcharse le enseñó como duelen los golpes de correa y las palizas porque si. Ella aprendió que el miedo huele igual que el aliento de un borracho y que resignarse y dejarse profanar era el sino de una buena esposa. También aprendió a mirar para otro lado cuando él decidía hacer una visita a cualquier casa de putas de la calle Jazmín. Aprendió, sin más remedio, por sus hijos.
Él se acaba de jubilar. Toda su vida la ha pasado entre trenes y despedidas ajenas. Era maquinista de Renfe. Es viudo y tiene dos hijos. Su mujer, su bendita, no resistió la enfermedad que la tuvo en el hospital durante más de dos años. Se fue una mañana de primavera y él, que durante toda su vida no ha sabido más que ir a remolque de lo que ella dijera, se encontró perdido. Ahora se pasaba las mañanas dando una vuelta por la plaza y haciendo los mandados que siempre que podía, le encantaba hacer con ella. De vez en cuando, entraba en el bar de Vicente, único reducto de otros tiempos que aún sobrevive en el barrio, se pedía un vermut y lo compartía con sus recuerdos. El domingo de Ramos, esperando ver salir la Borriquita en San Andrés, con ella de su brazo. El miércoles de Corpus, con clavel en la solapa y dos entradas del tendido 3 para ver a Curro Montenegro. Los días de Navidad cuando había guardias con casco blanco dirigiendo el tráfico, a los que todo el barrio conocía, y pavos en Bibrrambla y caballos de cartón y trenes de hojalata y braseros de picón y niños de la OJE.
El caso es que él andaba solo y ella no esperaba ya nada de la vida. Se conocieron de casualidad. Y es un gustazo poder ver cómo se buscan de reojo como dos adolescentes. Si están delante de sus hijos y él le roza la mano, ella se ruboriza como si fuera una niña. Se necesitan y se respetan. Pero sobre todo, se quieren a su manera. No como un amor apasionado pero si de la forma en que dos personas solas reconocen sus carencias y encuentran una afinidad que, o bien nunca la han tenido o bien la han perdido. El caso es que él se preocupa por darle todo lo que nunca le dieron que en definitiva sólo es cariño. Y con una exquisita ternura, retrocede sobre sus pasos si ve que a ella le entra miedo, por culpa de experiencias pasadas. Dicen que sólo son amigos, pero sus hijos saben la verdad.
Ahora, cada dos por tres, salen de viaje. Disfrutan de una vida nueva. Se sienten más jóvenes y tienen ganas de pegarle un bocado a la vida y plantarle cara a los achaques. Quieren disfrutar, reírse, contarse secretos, bailar un pasodoble en cualquier verbena, cogerse de la mano. Y piensan que el día que les llegue la hora del último viaje, mirarán a los ojos de Caronte y, dignos y serios, con torería, le tiraran un par de monedas y le dirán: “llévanos a donde te dé la gana, pero que los asientos estén juntos”.
